Sexologa Clinica

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Psicoterapeuta.

martes, 17 de marzo de 2015

Las necesidades erótico-sexuales de las mujeres como motor del cambioen la pareja

Las mujeres podemos plantear que no estamos conformes o que no nos gusta cómo se desarrollan las cosas entre las sábanas. Aunque cueste, puede ser la puerta hacia un encuentro distinto. Animate a actuar
pareja
Para ella, la llegada del fin de semana significa pensar en sexo. No, en el sexo inquietante, deseado. Por el contrario, los años de convivencia lo convirtieron en una costumbre estandarizada, en “tiempo y forma”, sosteniendo el orgullo del hombre que “cumple con su tarea”.
La escena se repite en muchas parejas, convivientes o no, con hijos o sin ellos, jóvenes o con muchos años encima, en las cuales el sexo se ha convertido en una conducta aprendida, “respetuosa” de un sexo normativo, que poco lugar deja a la comunicación y a provocar cambios saludables.
Los roles fijos traen problemas
La convicción de que el encuentro sexual tiene como meta la penetración no sólo es una creencia inamovible en la mente de muchos hombres: también las mujeres esperan y exigen ser penetradas. La sexualidad heterosexual incorporó el placer pero no se olvida del fundamento “natural” que aún la condiciona: la procreación. Y aunque la pareja esté bien dispuesta al placer hay fuerzas inconscientes que dirigen la erótica al inevitable objetivo de la penetración en detrimento de la riqueza de la preparación y el juego previo.
La aparición de disfunciones sexuales de causa psicológica pone en evidencia la exigencia por cumplir con las normas internalizadas de cómo tiene que ser la unión sexual. La urgencia por penetrar muchas veces oculta temores a perder la erección, y la ansiedad que no pudo calmarse en el juego previo puede llevar a la eyaculación precoz u otros problemas del orgasmo.
Las mujeres también sufren el embate de la urgencia: problemas para lubricarse, falta de orgasmo, vaginismo, dispareunia (dolor durante el coito), pero además hay que agregar los autoreproches por no decir, por no poder comunicar que “así no”, que no les gusta esta forma de tener sexo, que les gustaría ser guía de la mano del hombre, pero no pueden, no se animan, o no las dejan.
Las evasivas impiden el cambio
Sin duda existen muchos cambios en materia de sexo. Las personas están mejor dispuestas y se sienten más libres para la conquista y la erótica. Sin embargo, este giro saludable para concebir la sexualidad no siempre se traduce en acciones de igual tenor. La cama puede ser un lugar para aventurarse con nuevos estímulos o un espacio donde se suceden conductas predecibles.
Muchos de estos encuentros “automáticos” son acuerdos tácitos, una especie de convencimiento de que “así debe ser” y no merece ninguna cuestión. En otros casos (los más frecuentes), bajo ese acuerdo en apariencia incuestionable, asientan dificultades en la comunicación, deseos insatisfechos y un profundo malestar.
Si los hombres se aferran a conductas repetidas por garantía de éxito (“si se me para tengo que penetrar”), las mujeres se subestiman por la dificultad para plantear un cambio.
Los motivos para no hablar con su pareja pueden ser reales, por ejemplo: cuando existe un comportamiento irritable o violento del hombre, o bien son conjeturas, evasivas, meras justificaciones que ponen de relieve inhibiciones de género.
Aún persisten obstáculos que cierran la boca de las mujeres, aunque por dentro griten la necesidad de un cambio: “el hombre se tiene que dar cuenta”, “él tiene que saber lo que me gusta”, “si hablo tengo miedo de que se sienta mal”, “intenté una vez y no me hizo caso”, “no me va a escuchar, está cansado”, “voy a esperar las vacaciones para hablar”, “ya estamos grandes… ¿para qué cambiar ahora?, “¿para qué insistir en el sexo si estamos bien en el resto de las cosas”. En fin, un sinnúmero de excusas que impiden que la mujer pueda plantear sus necesidades erótico sexuales y ser factor de cambios saludables en la relación. Suponer que el hombre “sabe” lo que debe hacer en el cuerpo de una mujer, cuidar su virilidad por temor a resentirla si se hace un planteo de cambio, o bien creer que un pedido de variantes puede ser evaluado como una insatisfacción mayor, son conjeturas frecuentes. Y, a veces, cuando las palabras caen en saco roto y no consiguen el efecto deseado, o lo hacen por poco tiempo, volviendo a la conducta rutinaria de siempre, el cuerpo femenino logra comunicar lo que las palabras no logran hacer.
Romper el corset
El deseo de conseguir una sexualidad más satisfactoria saca a las mujeres de la pasividad que el género les deparo durante siglos, despertando en ellas una capacidad y audacia que no habían podido mostrar hasta el momento. Rompen el corset corporal y se animan a proponer nuevos lugares, poses, lubricantes, películas, juguetes, etc. Salir del paradigma de la “mujer pasiva” impacta en la relación permitiendo que el hombre modifique también el rol “activo” que las normas de género le impusieron. No sirve quedarse en el supuesto o en justificaciones defensivas, tampoco en guardar la esperanza de un cambio “mágico” que reactive el deseo y la pasión. Hay que actuar: hablar, pedir, guiar, exponer las necesidades, volver el cuerpo activo, espontaneo, creativo y audaz.

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